Alejandro Ibarra

Testimonio de afectado de TOC con Pánico y Agorafobia

Testimonio de afectado de TOC con Pánico y Agorafobia

Cuando me paro a contemplar cuánto ha cambiado mi vida en los últimos meses, no puedo sino sentirme realmente afortunado de haber conseguido vencer uno de los peores demonios a los que me he enfrentado. Ahora, a pocos días de recibir el alta, puedo decir con total seguridad que he logrado escapar de las frías y ásperas garras de la agorafobia que tanto me asfixiaron durante años. Aquello que parecía imposible es hoy una realidad. Me he comprometido a contar mi historia con el fin de ayudar a aquellos que estén desgraciadamente pasando por una situación similar a la mía. Si temes que la agorafobia está devorando tu vida sin tu consentimiento, convirtiéndola en un lodazal de barro y fango en el que te hundes más y más cada vez que intentas combatirlo, te ruego que dediques unos minutos de tu tiempo a leer este texto, pues tengo la esperanza de que pueda servirte de cuerda a la que aferrarte en este momento de desesperación.

Aunque ahora no es más que una pronunciada cicatriz en mi piel, nunca me será cómodo hablar de la que quizá haya sido la etapa más oscura y sombría de mi vida. No sabría concretar con total certeza el preciso momento en el que la agorafobia despertó. Durante años conviví con este insaciable parásito que poco a poco iba apoderándose de mí, si bien por aquel entonces no era consciente de ello. Al principio, en cierto punto de mi adolescencia, comencé a sentir ansiedad cada vez que me veía rodeado de una gran aglomeración de personas. No es una sensación nada agradable, por lo que hice todo lo posible por evitar enfrentarme a ella, esquivándola cada vez que una situación viniera acompañada de ansiedad. Cines abarrotados, restaurantes saturados, trenes atestados. Evadía cualquier lugar en el que hubiera presente una multitud. Con el tiempo mi miedo se acentúo, creciendo paulatinamente y extendiéndose hacia situaciones cada vez más cotidianas, hasta el punto en que el mero hecho de salir a la calle resultaba verdaderamente abrasador. Fue entonces cuando comenzó el auténtico infierno que la agorafobia había preparado a fuego lento.
Paralizado por este temor irracional, envuelto en angustia y preso de mi propia mente, caí en una profunda depresión cargada de pesimismo y melancolía, acompañada de una tortura emocional casi peor que la propia agorafobia. Diariamente me atormentaban los tétricos pensamientos que oscilaban sin control por mi cabeza, como ráfagas de fuertes vientos que presagian la tempestad que está por venir. De manera abusiva me juzgué a mí mismo con suma crueldad. Pensé que era débil, patético, cobarde, inútil. Me llegué a convencer de que no merecía vivir. El suicidio cobraba atractivo como vía de escape a este interminable martirio del que no era capaz de poner fin. Obviamente nunca lo llevé a cabo, sin embargo esto me hizo odiarme aún más, pues desear la muerte pero no perseguirla me hacía sentir hipócrita. Así, recluido entre cuatro paredes e incapaz de salir, creía que nunca superaría este colosal obstáculo. Creía que nunca escalaría semejante montaña fatigado por el peso del yunque con el que había cargado durante años, pero que sabían a siglos. Fue entonces cuando, desgastado prácticamente por completo y sin apenas fuerzas, me di cuenta de la verdadera forma con la que pondría fin a ese sufrimiento.
Hasta este momento, había ocultado desmesuradamente lo que me ocurría a mi familia, pues temía que me rechazaran si llegaban a conocer el nefasto estado al que me había dejado hundir. En ese instante noté que aún me culpaba a mí mismo por permitir que mi fobia se intensificara a tal calibre, pero debía comprender que la culpa pertenece al pasado. Centrarse en ella es hacer que llueva sobre mojado, cada vez que lo hacía evocaba amargos recuerdos que no hacían más que desmoronarme, impidiéndome mirar hacia adelante y enfocarme en lo realmente importante, mi recuperación. Así que, armado de coraje, decidí desvelar mis mayores miedos a mis seres queridos. Contrario a lo que me esperaba, no sufrí la exclusión que tanto temía. En su lugar, fui recibido con amor, cariño, abrazos y un gran apoyo emocional. Esto me hizo comprender lo bobo que fui al esconder mis sentimientos durante tantos años, las muchas penas que me podría haber ahorrado si tan solo hubiera hablado antes. Si tan solo hubiera confiado antes.
Sé que la agorafobia es un hueso duro de roer. Sé lo dolorosa que es la soledad. Sé lo temible que es el fracaso. Pero sé que con ayuda, no hay bache en el camino que sea insuperable. Con lo bella que es la vida, nadie merece que la agorafobia se la arruine. Si como yo una vez, te sientes derrotado, cautivo de este tremendo y pesado mal, por favor, no sufras en silencio. La ayuda, por pequeña que sea, puede devolverte la esperanza, la fuerza necesaria para seguir luchando. Espero que llegue el día en que salgas sin miedo, que te liberes de tus cadenas, que tu vida se tiña de color. Espero que el futuro te sonría

One comment

  1. No tiene cura. Es claro que hay un problema en el cerebro. Es una pesadilla. Es crucial mantener la mente ocupada. Tengo toc y agorafobia. ,36 años con esto y aún sonrió😊

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