Unos meses después de descubrir que padecía TOC y tras haber acudido a una clínica en la que no se me supo tratar el trastorno de la forma más adecuada, encontré navegando por Internet al Psicólogo Alejandro Ibarra, un psicólogo especialista en la materia. Para mi sorpresa, no fue él quien me trató, sino una de sus compañeras, Emilia Galán.

Desde el primer momento me explicó todo lo que tenía que saber sobre este trastorno, pero lo que quiso dejar claro desde un primer momento era que el TOC no me acompañaría siempre: era posible “extirparlo” de mi mente.

Las primeras sesiones las sentí raras porque en mi cabeza me imaginé un tratamiento más cercano a la realidad, pero las exposiciones a las que me sometía cada semana hicieron, más pronto que tarde, que poco a poco esa “sensación de malestar” que me invadía cuando veía los detonantes de mis rituales fueran desapareciendo.

Con el paso de los meses abandoné con la ayuda de Emilia muchas de mis manías hasta el punto en el que actualmente puedo ingresar en páginas webs antiestéticas, escuchar música de los ochenta, no querer poner dos lavadoras diarias a la mínima o no destrozar apuntes. Sin restarle mérito a ella, también me hizo saber que por muchas exposiciones que realizáramos en terapia, la recuperación también dependía de cómo trabajaba el trastorno en casa.

Con su apoyo y sus conocimientos, y mi determinación por superar un problema que llevaba obstaculizando mi vida desde hace seis años, conseguí, ocho meses después, acabar con el TOC.

Para los que se enfrentan a sus primeras sesiones y se sienten eclipsados o no creen que con ellos vaya a funcionar la terapia, solo puedo decirles que yo me sentí igual en un principio, pero que poco a poco verán cómo aquellos pensamientos intrusivos que perturban nuestras mentes van desapareciendo poco a poco. Mucho ánimo a todos y muchísimas gracias a ti por todo, Emilia.

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